Los misterios del Santo Rosario del domingo

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El Santo Rosario del Domingo es un momento especial de oración y meditación en la tradición católica. Durante este tiempo, los fieles se sumergen en los misterios gloriosos, que son un conjunto de eventos significativos en la vida de Jesús y María.

Qué son los misterios del Santo Rosario del domingo

El Santo Rosario del Domingo se refiere a la meditación y recitación de los misterios del Rosario en el día domingo. El Rosario es una práctica de oración católica que se centra en la vida de Jesucristo y la Virgen María.

El Rosario está compuesto por una serie de oraciones y meditaciones llamadas «misterios». Estos misterios se dividen en cuatro grupos: Gozosos (lunes y sábado), Dolorosos (martes y viernes), Gloriosos (miércoles y domingo) y Luminosos (jueves). Cada grupo de misterios se recita en un día específico de la semana.

En el caso del Santo Rosario del Domingo, se recitan los misterios Gloriosos. Estos misterios se centran en eventos importantes de la vida de Jesús y María, como la Resurrección de Jesús, la Ascensión de Jesús al cielo, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la Asunción de María y la Coronación de María como Reina del Cielo.

La práctica del Santo Rosario del Domingo implica meditar sobre cada uno de estos misterios mientras se recitan una serie de oraciones, incluyendo el Padre Nuestro, diez Avemarías y el Gloria al Padre.

Es importante destacar que el Rosario es una devoción mariana muy arraigada en la tradición católica y puede ser practicado por los fieles en cualquier momento del día. El Domingo, en particular, es un día especialmente dedicado a la celebración de la resurrección de Jesús, por lo que el Santo Rosario del Domingo es una oportunidad para meditar sobre los misterios gloriosos relacionados con esta temática.

Los misterios del Santo Rosario del domingo se conocen también como misterios del Rosario domingo o simplemente el rosario del domingo.

Recita los misterios del Santo Rosario del domingo

Los misterios gloriosos del Santo Rosario, se componen de cuatro elementos que son:

  • Misterio.
  • Padre Nuestro.
  • Diez Avemarías (hay un total de 50).
  • Gloria al Padre.

La resurrección de Jesús, al tercer día de su entierro (Resurrectio)

En los misterios gloriosos del Santo Rosario, contemplamos la Resurrección de Jesús, su victoria sobre la muerte y su triunfo definitivo sobre el pecado.

A través de este misterio, se nos recuerda la esperanza y la promesa de vida eterna que Jesús nos ofrece.

El misterio:

El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado».

(Lc 24, 1-6)

«Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó.

(CIC, 651)

Padre Nuestro:

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Diez Avemarías:

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre:

Gloria al Padre
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

La ascensión de Jesús al cielo, pasados cuarenta días tras la resurrección (Ascensio)

La Ascensión de Jesús al cielo es otro misterio glorioso que nos lleva a reflexionar sobre su partida física de la Tierra y su entrada en la gloria divina.

Nos invita a recordar que Jesús sigue presente en nuestras vidas y que intercede por nosotros en el cielo.

El misterio:

El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

(Mc 16, 19)

Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que «salió del Padre» puede volver al Padre: Cristo.

(CIC, 661)

Padre Nuestro:

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Diez Avemarías:

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre:

Gloria al Padre
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

La Venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Descensus Spiritus Sancti)

En el misterio de la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés, meditamos sobre el regalo del Espíritu Santo que descendió sobre los apóstoles y los llenó de fortaleza y sabiduría.

Este misterio nos recuerda la presencia viva y activa del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la Iglesia.

El misterio:

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

(Hch 2, 1-4)

«Espíritu Santo», tal es el nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos.

(CIC, 691)

Padre Nuestro:

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Diez Avemarías:

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre:

Gloria al Padre
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

La Asunción de la Virgen María, en cuerpo y alma, al Cielo (Assumptio)

La Asunción de María al cielo es otro misterio glorioso que nos habla de la gloria y el honor que Dios otorgó a la Virgen María, llevándola en cuerpo y alma a la vida eterna.

María, como madre espiritual, nos muestra el camino hacia la unión con Dios y nos intercede amorosamente ante su Hijo.

El misterio:

Todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque el Señor ha hecho obras grandes en mí.

(Lc 1, 48-49)

La Santísima Virgen María, cumplió el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.

(CIC, 974)

Padre Nuestro:

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Diez Avemarías:

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre:

Gloria al Padre
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

La coronación celestial de la Virgen María (Coronatio in Caelo)

El último misterio glorioso es la Coronación de María como Reina del Cielo.

En este misterio, honramos y reconocemos la dignidad y el papel especial que María tiene en el plan de salvación.

Como reina, María intercede por nosotros y nos muestra el camino hacia Jesús.

El misterio:

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

(Ap 12, 1)

Finalmente, la Virgen inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte.

(CIC, 966)

Padre Nuestro:

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Diez Avemarías:

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Gloria al Padre:

Gloria al Padre
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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